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Viernes 12 de Octubre de 2018

CIUDAD

La ciudad se viste de rosa por los lapachos: dónde podés admirarlos LaNación

Se estima que hay 600; anteceden a los jacarandás; su esplendor dura pocas semanas


En unos días será el turno de los violetas del jacarandá, pero ahora le toca al rosa. Con mucha menos prensa que los jacarandás de noviembre, octubre es el mes de los lapachos rosados en la ciudad. Oriundos del noreste del país –son la flor provincial de Misiones–, cuando florecen pierden todas las hojas y se llenan de miles de racimos de campanitas de un rosa intenso.

Si bien son pocos –se estima que hay unos 600 lapachos rosados versus 14.315 jacarandás–, basta con levantar la cabeza del celular para ver los manchones rosados a lo largo de los barrios que anuncian la llegada de la primavera. Pero hay que apurarse: duran unas pocas semanas.

“Es el primero que florece, por eso en el norte lo llaman el heraldo de la primavera”, explica Jorge Fiorentino, gerente de Mantenimiento del Arbolado del gobierno de la ciudad.

Los lapachos se han adaptado

bien a la ciudad, tanto que son una de las 36 especies permitidas para ser plantadas en veredas superiores a 5,50 m de ancho. Pero se los elige en proporción menor que los jacarandás porque tardan mucho más en florecer: hasta diez años.

“El lapacho tiene madurez más tardía. No obstante, una vez que empieza a florecer no lo para nadie y es hermoso”, dice Fiorentino. Están repartidos por toda la ciudad, pero predominan en el Parque 3 de Febrero, cerca del monumento a Güemes (Echeverría y Alcorta) y en el Parque los Andes, en Chacarita. También, por la zona de Palermo viejo, la Plaza Monseñor de Andrea y la Vuelta de Rocha.

Para Judith Vagliente, vecina de Caballito, “son una exquisitez”. Su favorito es el que está justo frente al Museo Bernardino Rivadavia, en el Parque Centenario. “Empezó a florecer justo ahora, es enorme y hermoso”, cuenta. No sabía su nombre hasta que lo vio en una placa. Judith cree que muchos porteños admiran los lapachos pero desconocen la especie.

Parte de la presencia de los lapachos en la ciudad se debe a Carlos Thays, el paisajista francés que configuró el espacio público porteño y se atrevió a traer especies del norte ( jacarandás, tipas, palos borrachos, ceibos y lapachos) para adaptarlas a una zona distinta. En su paso por la Dirección de Parques y Paseos se plantaron 150.000 árboles en la ciudad. El Plan Maestro de Arbolado del gobierno de la ciudad, creado en 2014, se propuso, entre otras metas, aumentar la población de lapachos, que entonces era del 0,1%,

Algunos ejemplares, como el de la avenida Figueroa Alcorta y Castilla, son objeto de admiración. El llamado “lapacho de Ezcurra” –por el paisajista que supuestamente lo plantó– está en un lugar estratégico, frente a un bello edificio en la entrada de Barrio Parque. Basta pararse en esa esquina unos minutos para ver cómo peatones y automovilistas se detienen a fotografiarlo.

David Linares atiende el quiosco de diarios que está pegado al lapacho de Ezcurra. Oriundo de Venezuela, se sorprende de que la gente se entusiasme tanto con un árbol que abunda en su país. “Veo que es un ícono, todos los días me preguntan por él”, cuenta.

Alto y maravilloso, hace dos semanas perdió todas sus hojas para llenarse de pompones rosas. El suelo es una alfombra del mismo color.

“¡Es hermoso!”, dice Paloma García, mientras le saca una foto con su celular. Será una de tantas de la semana. Ella trabaja en esa cuadra y cada año espera ansiosa a que florezca. No es la única.

Félix Luna, el famoso historiador y escritor, también aguardó ansioso esa floración por años. “Siempre mandaba cartas de lectores recordando al porteño apurado y ajetreado que mirara el lapacho de Ezcurra, que florecía en tonos fucsias para esta fecha”, recuerda su hija Felicitas.

Para Martín Aizaga, presidente de la Sociedad Argentina de Paisajistas, el lapacho de Alcorta y Castilla debe de tener alrededor de 70 años. Y es especial porque fue muy bien plantado en relación con la edificación y en un lugar estratégico, por donde pasan muchas personas que lo pueden disfrutar.

En diagonal exacta al lapacho de Ezcurra hay otro rosado, mucho más joven, que fue plantado por Rubén Dorich, jardinero histórico del barrio, con la idea de que genere el mismo efecto en primavera. Su viuda, María Álvarez, cuenta que cuando hace unos años refaccionaron el edificio de Castilla y Estrada donde está plantado casi lo arrancan “porque era un arbolito tonto que nadie sabía qué era”. Pero pudo impedirlo y desde entonces se ilusiona viéndolo crecer. Lento, a su tiempo.

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